La palabra “celulitis” es un término equivocado que empleamos generalmente para referirnos a ciertas obesidades o adiposidades localizadas en determinadas zonas del organismo. Es un término inexacto puesto que la entidad clínica a la que nos referimos no lleva implícita la existencia de ningún proceso inflamatorio.Se han propuesto multitud de términos para definir esta entidad, pero creo que dadas sus características anatomopatológicas, la definición dada por S. Curri es la más acertada como “dermopaniculosis vasculopática” o también la propuesta por Bartoletti de “paniculopatia fibroedematosclerótica”.

Ambas definiciones podríamos aceptarlas como correctas ya que ambas hacen alusión al componente graso, al componente vascular (imprescindible en la génesis de la patología como ya veremos) y al componente edematoso y fibroso que caracterizan al tejido celulítico ya formado.

PERO . . . ¿QUÉ ES?
Clínicamente no es difícil de reconocer una zona celulítica en nuestro organismo, ya que concurren una serie de signos que son perfectamente identificables y característicos como manifestación de los cambios ocurridos en el tejido subcutáneo superficial en donde radica la enfermedad:

• Aumento de su espesor
• Aumento de su consistencia
• Aumento de su sensibilidad
• Disminución de su movilidad y capacidad de desplazamiento de los distintos planos de la piel por la adherencia a planos cutáneos profundos.
• Palpación de “gránulos” subcutáneos que corresponden a los micronódulos y macronódulos característicos de la celulitis.

Todas estas anomalías constituyen el fenómeno bien conocido de la “piel de naranja” que define estéticamente la apariencia de esta enfermedad en la zona afectada.